EL SECRETO DE INVERTIR EN BOLSA (II)

Como decíamos ayer, que es tanto como emular a un analista de bolsa, lo que parecía que podía ser no fue y lo que nadie esperaba llegó.

Habitualmente, esos seres que escriben y escriben cada día sobre lo que puede suceder o dejar de suceder necesitan llenar páginas y más páginas. ¿Y qué hacen? Pues, dicen culaquier cosa que se imaginan que va a suceder durante las próximas 48 horas. Al día siguiente lo corrigen y ya está. ¿Significa que no ven más allá de sus narices? ¡Ni hablar! La necesidad de figurar y de hacer creer que saben más que nadie, los impulsa a escribir y escribir sin parar y les obliga a no ver nada.

¿Queremos invertir en bolsa? Pues, seamos lógicos.

De manera que he aquí las siete normas de oro que nunca hay que olvidar.  

Primera norma: el corto plazo siempre es peligroso. Puedo ganar o, que es lo más frecuente, puedo perder. Y aplicando los más elementales principio, acabo perdiendo. Invertir a muy corto plazo es especular; especular es jugar; jugar es comprar lotería. ¿Me puede tocar? Sí, por supuesto. La lotería siempre toca a alguien, pero no sé qué pasa que siempre le toca al vecino. A mí… me toca perder. Mejor, por lo tanto, juego a lotería de Navidad y dejo mi dinero para las inversiones.

Segunda norma: la impaciencia es mala consejera. Las inversiones no son a corto, a medio y a largo plazo. Las inversiones son inversiones. No hay plazo. Así de simple. Si tengo que aguantar una acción, lo haré. Si veo una buena ocasión para vender y sacar una buena tajada, quizás lo haga. O puede que no. Eso ya depende de mí.

Tercera norma: las acciones no se miden por lo que suben o bajan, sino por lo que hay detrás, que es lo que casi nunca miramos. ¿Y qué hay detrás? Una empresa. Eso es lo que hay que mirar. ¿Quién es esa empresa? ¿Es solvente? ¿Su negocio se aguanta? ¿Tiene futuro? ¿Qué debe? ¿Cuáles son sus beneficios?

Cuarta norma: La primera pregunta que debo hacerme cuando me ofrecen lo que se llama “un chollo” es: ¿tan guapo soy? Y como la respuesta la encuentro cada mañana cuando me miro al espejo, más vale que me deje de cantos de sirena y piense dos veces lo que voy a hacer. El dinero no es ni bonito ni feo. Simplemente, es dinero. Y mi dinero tiene algo especial: que es mío. Y como mío, es sagrado. El banco o quien sea, debe enterarse de que es así y no hay mejor forma que dejárselo muy claro. La frase es simple: “Ese dinero, de esas cuentas, y de esos valores es mío. ¿Queda claro?”. Y si tienen alguna duda, que lo digan. Porque entonces se enteran enseguida. No hay más que llevárselo a otra parte.

Quinta norma: la lógica y la sabiduría popular siempre están por encima de la estupidez y, a largo plazo, siempre ganan. Traducido: los capullos que hace unos años nos decían que no hay que mirar los dividendos, ahora se vuelven locos por hacernos ver que el dividendo es muy importante. O sea: más vale pájaro en mano que ciento volando.

Sexta norma: el riesgo siempre lo tomo yo. El simpático agente o empleado de banco o listillo de turno que nos da su grandísima opinión o nos vende tierra en La Habana, cuando llega el momento de tragarse sus palabras siempre tiene la frase de oro en los labios: “¡Hombre! Tú ya sabías que había un riesgo…”. Ante esa frase sólo hay dos opciones: te la envianas o le partes la cara. ¡Lástima que la mayor parte de las veces tomamos la primera opción! Unas cuantas visitas forzadas al dentista arreglarían parte de la economía o, cuando menos, evitarían ciertos descalabros.

Séptima norma: Los bancos nunca pierden. Ellos cobran sus comisiones y, si la aciertan, es que me dieron un buen consejo. Si la pringan, es que yo tomé una mala decisión. Ṕero, pase lo que que pase, nadie irá a la cárcel, y yo siempre seré el que pierde.

¡Bien! Lee con calma, repasa de nuevo y abre los ojos y despierta.


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