Futuro escritor: hablemos de la documentación

Si has llegado hasta aquí y has hecho algo con todo lo que has leído, ya no eres un “aprendiz de escribidor”, sino todo un proyecto de escritor.

¡Bien! Estás el punto en que ya tienes un esquema de la historia, unos personajes y, por lo tanto, un escenario en el espacio y en el tiempo. ¿Qué hacer ahora?

La pregunta inmediata es: ¿Qué necesito para situar mi idea en un lugar y un tiempo determinados?

Necesitas, imperiosamente, información.

 

¿Tu historia transcurre en la actualidad?

 

Si la respuesta es afirmativa, quizás te ahorres unos pasos. Pero, indefectiblemente, tendrás que buscar información.

Si la respuesta es negativa, significa que casi seguro que debes buscar documentación.

El lector va a leer una historia, pero, al mismo tiempo, va a vivir esa historia. Va a vivirla. El escritor nunca puede perder de vista este detalle. Y, sin embargo, el escritor NO ESCRIBE PARA EL LECTOR.

¡Mucho cuidado! El escritor escribe para que lo lean, pero no escribe para dar placer al lector, sino para mostrar algo que lleva en su interior. Que el lector encuentre placer en la lectura es la consecuencia lógica de haber hecho las cosas como Dios manda.

Lo que tú escribas, impregna el papel, pero no sólo con tinta. La energía que envías a tu mano, para que mueva la pluma es la que queda prendida en el papel y jamás se borra, aunque se hagan millones de copias. Esa energía es la que le llega al lector. ¿Comprendes?

Es así de simple y así de prodigioso. Y el lector captará el mensaje, lo hará suyo y te lo agradecerá. Esta es la raón por la que personajes “malos”, verdaderamente “malos”, llegan a quien tiene el libro entre las manos e incluso acaba sintiendo simpatía por ellos.

El personaje de Ramosi de “El maestro de Keops” gusta a mucha gente. Y es orgulloso, traidor, vengativo, intrigante y cuantos epítetos puedas imaginar. El personaje de Arnau en “Abre los ojos y despierta” cae bien y, sin embargo, se trata de un sinvergüenza, un ladronzuelo y un estafador, además de mentiroso. Pero todos ellos tienen una parte humana, que es la que el lector capta. El colmo de los colmos es que el personaje de Rudy Hasse de “El relato de Gunter Psarris” cosecha simpatías, cuando resulta que es un asesino sin ninguna clase de escrúpulos. Sin embargo, su discurso tiene lógica. Él es un mandado.

No hay nadie ni enteramente bueno ni completamente malo. Solo hay personajes con ciertas características. ¿Queda claro?

Todos esos personajes viven en un lugar y una época. El lugar y la época forman parte de la historia y deben tener su protagonismo. Sin estos dos elementos, los personajes no se tienen en pie.

Buscar información sobre el momento y el lugar es vital.

 

¿Dónde busco información o documentación?

 

Sin manías. Un escritor no lo sabe todo y pregunta a quien sea, busca donde sea y va a donde sea. Lo suyo es preguntarse, preguntar, indagar, descubrir y mostrar. Y cuanta más cara de tonto pongas, mejor. Más te ayudarán.

Para escribir la trilogía de “Jaime I el Conquistador” tuve que moverme mucho. Para escribir la primera parte “El puñal del sarraceno”, me desplacé a Monzón, Huesca, Lleida, Barcelona, Girona, Zaragoza… me metí en un montón de bibliotecas, consulté libros y más libros de historia, me tragué “El llibre del feits”…

Para escribir la segunda parte “La reina húngara”, además de todo lo anterior, consulté con un traumatólogo y con un neurólogo para saber qué efectos puede tener que te claven una flecha en la cabeza.

Para escribir la tercera parte “Hablad o matadme”, visité la costa levantina y llegué hasta Murcia, para acabar en Toledo.

De manera que, si quieres que tu obra sea veraz, no hay más remedio que moverse. Tú no eres el lector; tú conoces la historia y has vivido en tu interior las escenas. Però el lector necesita que le describas el lugar y que lo sitúes en el tiempo. Para ello requiere saber cómo es el entorno, cómo van vestidos, cómo se mueven, cómo se relacionan, lo que comen, cómo duermen… Necesita saberlo todo, pero si empecharse.

 

¿Qué hago con todo lo que encuentro?

 

Utilizarlo y, luego, desecharlo. No estoy obligado por nadie a meterlo todo en el texto. La mayor parte de lo que encuentre me servirá para escribir mejor las escenas y las situaciones, pero no lo meteré en el texto. Cuando hablo de “meterlo” en el texto, utilizo correctamente la palabra. Una cosa es introducir un detalle en el texto, porque lo necesita, y otra muy distinta “meterlo” porque me hace gracia o porque me va a hacer sentirme orgulloso.

No necesito demostrar a nadie que he hecho mucha labor de investigación. El lector ya lo descubrirá por sí mismo sin que yo se lo diga. Yo no soy el guapo de la película. Yo, el escritor, no existo. Solo existe mi obra, que es la que el lector tiene en las manos. A mí no me tiene.

Para escribir “El anillo de Atila”, que tiene unas trescientas páginas, llegué a escribir más de mil, pero luego dejé solo lo que consideraba que era correcto. En caso contrario nos encontramos con obras empalagosas.

 

A modo de ejemplo os diré que en mi caso (cada escritor es un mundo), cuando escribo una obra histórica, el 75% del tiempo lo dedico a buscar información y el 25% restante es la escritura de la obra en ella misma. ¿Veis lo importante que es para mí?

 

Y otra cosa que también hago es que, cuando me dedico a un tema concreto, dejo de leer toda novela sobre ese tema. Leo libros y documentos, pero no novelas. ¿Por qué? Para no dejarme influir por ningún estilo.

¡Cuidado! Eso lo hago yo, y ya he dicho que cada escritor es un mundo. Lo que a mí me sirve, quizás a ti también. O no.

 

¿Necesito insistir más sobre la importancia del tema de la documentación o ha quedado claro?

 


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